jueves, noviembre 29, 2012
 
Un señor feudal se marcha a las Cruzadas. Antes de irse, le puso a su mujer un cinturón de castidad, equipado con una afiladísima cuchilla que se disparaba con un resorte.

Cuando regreso, años más tarde, reunió a sus servidores y vasallos, y les ordeno bajarse las calzas.

Todos obedecieron, y todos tenían el miembro cortado, excepto un humilde siervo de la gleba.

El señor lo llamó a su lado, y a los demás les echo una bronca: Malandrines, bellacos, felones, bergantes, desleales, luego se volvió hacia el siervo: Tu, en cambio, eres un servidor fidedigno, integro y honesto.¡Pídeme lo que quieras, que te lo concederé! Y el humilde siervo dijo: Mi zenod, quiedo otda dengua.


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